domingo, 14 de abril de 2013

MASAJES INOCENTES


         MASAJES INOCENTES

 


Me he acostumbrado a la rutina. Todos los días visito obedientemente las torres grises con ventanas de oficinas iluminadas. A las 9:00 de la mañana tengo que estar sentada en mí puesto y dispuesta a ser una laboriosa hormiguita. Tantas horas delante del ordenador me han obligado a llevar gafas, y al parecer a más de uno le parezco interesante. Dicen que una mirada vale más que mil palabras y menos mal que no soy la supuesta chica 10 de una revista de moda ni la más provocativa, diría más bien que soy muy discreta. Tampoco es que vaya como una monja, pero no soy de llevar faldas ni tampoco niquis donde al agacharme se me vea el canalillo. Aún así, aunque parezca mentira, hay algo que les atrae de mí y lo noto. Quizás sea por mi sonrisa de todas las mañanas o incluso mi compañerismo, no lo se, pero últimamente me produce agobio y estrés, puesto que hace poco pillaron a un compañero escribiéndome una nota en horas de trabajo. Menos mal que dos veces por semana voy a un curso de relajación…


Hoy he salido especialmente estresada por el cúmulo de trabajo y porque he oído decir a las mujeres del curro que soy una estrecha y que seguro que voy a terminar en un convento. Ja, en un convento con una biblia en la mano y la otra en el clítoris. Realmente me ha hecho gracia porque yo guardo mis experiencias íntimas para mis amantes y gozamos seguro que más que esas amargadas cotillas. En fin, voy a centrarme en recordar lo que me pasó el mes pasado…
 

Después de salir de la oficina, cogí el coche y me dirigí a la clase de relajación. Subí las escaleras con mi chándal azul celeste y mi pelo recogido en un moño, además de las zapatillas de deporte blancas que me fui quitando nada más llegar. Opte por quitarme los calcetines y me tumbe en la gran alfombra esperando a que vinieran los demás. De repente oí unos pasos y resulta que era mi compi de masajes: Roberto. Agradable y simpático, tenía una forma de mirar que derretía y me dejaba una cara de tonta. Era moreno y de pelo largo. Casi parecía haber salido de una reserva india…Sus manos se calentaban antes de hacerme el masaje y me preguntaba: -¿A qué parte de tu cuerpo le quitamos el estrés hoy, Ivon? Por supuesto siempre le pedía la misma zona cargada: La espalda. Para facilitarle las cosas me tenía que quitar el niqui y asimismo el sujetador…sus manos emanaban un calor energético reconfortante y los primeros días me relajó completamente. Lo hacia con tanta naturalidad y se esforzaba tanto en complacerme que llegó un momento en el que me imaginé lo que no debía.

 

Poco a poco nuestro buen rollo y comunicación táctil empezó a ser problemática. Los ejercicios de masaje chino con pies fueron realmente impresionantes pero para mí y para Roberto fueron demasiado sensuales…Era mi turno y yo tenía que ir palpando con mi pie desde los hombros hasta los pies. Empecé suave y cariñosamente hasta palpar su hermoso culito. Luego bajé por las piernas insistiendo en los muslos hasta llegar a los pies. Las próximas semanas seguimos con el mismo ejercicio pero esa vez no aparecía nadie por clase…y entonces ocurrió sin ser previsto. Roberto me dijo que me tumbara de espaldas y empezó a palparme hasta insistir en mi trasero. Yo sabía que esto iba a ir a más, lo intuía. Lo que comenzó como un masaje inocente se convirtió en un deseo irrefrenable de conocer todas las partes de nuestros cuerpos y de volverlas erógenas. Roberto me dijo que me diera la vuelta y me puse boca arriba. Entonces, me empezó a masajear la cabeza, siguió por los pómulos y paro en el cuello. Me besó delicadamente para luego “morder” mi cuello, siguió la forma del lóbulo de mi oreja y a continuación utilizó su lengua. Ohh vaya! No sabía que eso podía ser tan excitante. De hecho ya había mojado mi tanga!

Entonces no me pude contener y salió mi yo verdadero. Le dije:-voy a ser tu amazonas. Hice que se tumbara en una colchoneta grande para hacerle un masaje erótico que no hacía más que resaltar su erección bajo el chándal. Le desvestí sin prisa y de manera sensual y entonces cogí una silla donde empecé a colgar mi chándal y me quedé en ropa interior. Me quité el tanga rojo poco a poco y empecé a masturbarme delante de Roberto. El se levanto para besarme y quitarme el sujetador mientras recorría con sus expertas manos todos los rincones de mi excitado cuerpo. Seguí masturbándome y el me succionó los pezones haciendo que mi ritmo cardiaco se acelerara. El repetía mi nombre sin cesar y decía lo mucho que le gustaba. Yo le miraba pícaramente y asentía sonriendo al perfecto Roberto. Se empezó a masturbar delante de mí y compartiendo juntos el autoplacer de cada uno, nos mirábamos con curiosidad y deseo. El aumentaba el ritmo mientras yo seguía mojándome y tocando de vez en cuando mis pechos.

-Roberto, voy a montarte-le dije mirándole intensamente a los ojos. Sus pupilas estaban muy dilatadas y su boca se abría de tal forma que jugué a explorarla y a saborear sus gruesos labios. Roberto apoyó su lindo culo en la colchoneta y yo le abracé y abrí las piernas para sentarme encima de él y sentir su pasión. El acoplamiento fue tan perfecto como Roberto. Yo me movía hacia arriba y hacia abajo y el me miraba a los ojos de vez en cuando, cuando no tenía la mirada perdida…


         Todo empezó como algo dulce que terminó en instinto animal puro. Hicimos todo lo que se nos ocurría e incluso probamos con el 69 que fue fenomenal. Hasta el momento en el que Roberto no podía parar en la postura tradicional del misionero y se abrió la puerta de clase…eran pocas las personas que entraron, pero las suficientes como para ponernos rojos de vergüenza. En ese momento no sabíamos si hacerle más caso al instinto o a la razón y optamos por el primero…ya no nos importaba nada. De hecho parece que a Roberto le gustó que le observaran puesto que empezó a moverse más rápidamente y a jadear como un loco. Menos mal que se marcharon y nos dejaron solos de nuevo…Eso sí, no vamos a volver a las clases de relajación, puesto que ante todo soy discreta…o intento serlo al menos. Aunque debo admitir que desde aquel día con Roberto, mi vida anónima fuera del trabajo ha sido totalmente excitante…en una cabaña en un árbol, en una tienda de campaña, en la cima de un monte e incluso en lugares más atrevidos como en un confesionario o incluso en la terraza de un hotel. Ay, Roberto…

                                                                                                                  Erianthe

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada